GILDA

Llega a Limones Rojos una crítica que trae consigo a una mujer pelirroja cuyos movimientos nos dejaron a todos estupefactos.

Una película que a todos nos ha dejado claro que una buena bofetada sólo se da con pasión.

Efectivamente, hablo de Gilda.

Una joven Rita Hayworth interpretaba a una segura, pero a la vez insegura Gilda que se escondía tras sus armas de mujer. No obstante, eran unas armas que, a pesar de saber usarlas como ninguna otra mujer de la época, no le proporcionaban la felicidad real que ella tanto anhelaba.

«Nunca hubo una mujer como Gilda».


 
Es imposible siquiera intentar comparar a cualquier mujer con ella.
Gilda, mujer de voluminoso cabello pelirrojo y mirada intimidante, obtenía todo aquello que pedía por esos labios que fumaban cigarrillos de la manera más sensual posible.
Ya alejados de las tipificaciones del amor de los años 40, en Gilda encontramos un mito erótico.

No es necesario enseñar para seducir, y Gilda sabe seducir con tan sólo quitarse un guante.

Una película que, a pesar de no conseguir ningún oscar, ha pasado a la historia como la película de la mujer cargada de sensualidad por excelencia.

Una película que sirve como ejemplo de cómo los celos, la rabia contenida y el amor enmascarado con el odio provocan emociones autodestructivas que terminan obsesionándonos.

Aunque esto no es nada nuevo, ya que Shakespeare nos lo contaba en Otelo (1630). Según él, los celos sólo nos meten en líos.
Una película con grandes frases, las cuales están llenas de significado, y unos personajes construidos con cuidado, los cuales cruzan sus vidas en un lugar prohibido que crea forma en un casino clandestino.
Una película que soporta una historia de celos, intriga, juego… Y amor.

 

Johnny Farrell (John Ford), un buscavidas americano juega a los dados y hace apuestas en un callejón, cosa que estaba prohibida en Argentina, el lugar donde se ambienta la película.
También es importante mencionar que esto coincidía con la famosa ley seca de los Estados Unidos.
«Para mí un dólar, es un dólar en cualquier idioma».
 
Ballin Mundson, quien proporciona un papel importante durante el film a su bastón, le ofrece un cigarrillo en aquel callejón a Johnny mientras le dice lo siguiente: «Mi bastón es un buen amigo, guarda silencio cuando quiero que calle y sólo habla cuando quiero que hable».

Pero como Johnny decía, él hacía su propia suerte.

John Ford, más conocido como «el paleto» de la película, le deja claro a Ballin que él sólo hace trampas con su dinero, con el de él no tendría por qué hacerlas, por lo que este decide contratarle.
No obstante, antes de hacerlo, se cerciora de que no haya ninguna mujer en la vida de Johnny, ya que el juego y las mujeres no son una buena combinación.
Tanto Johnny como Ballin se vuelven rápidamente inseparables, por lo que este último decide dejarle al mando de todo en Argentina mientras él iba por Europa y América a cuidar de sus demás negocios.
Tras varios meses separados, a la vuelta de Ballin, Johnny corre a su casa a verle, y es allí cuando este le dice que ha vuelto con una mujer a la que ha convertido en su esposa.
Y es justo en ese momento cuando empieza la verdadera película.

 

Cuando Johnny escucha la voz de la nueva mujer de Ballin cantar desde la planta superior de la casa, siente que ya ha escuchado esa voz, pero no es consciente sino hasta ese espectacular giro de Gilda, en ese espectacular plano en el que ella se retira el pelo de la cara y termina de ajustarse el vestido de que ese es el reencuentro con ella.
Ambos se reconocen inmediatamente. Un cúmulo de sentimientos se desprenden a través de las miradas de los actores, que cualquiera diría que realmente lo sienten dentro de sí mismos.
Una Gilda que juega con las palabras y las miradas, y pone la guinda con la famosa frase: «Johnny es un nombre tan difícil de recordar, y tan fácil de olvidar».
Una cena que transcurre con una tensión que podía haberse cortado fácilmente, con frases hirientes que por fin finaliza con un malicioso brindis por la desgracia de la mujer que había desengañado a Johnny.
Gilda, mujer supersticiosa como pocas, comienza entonces a angustiarse por aquel dichoso brindis.
-«No tienes que preocuparte por él. Le odio».
 
-«Y él te odia a ti, de eso no hay duda. Pero el odio puede ser una emoción muy interesante. El odio es precisamente lo único que me sirve de aviso».
 
Ballin sabía lo que en realidad existía entre ellos. Del amor al odio hay sólo un paso, pero del odio al amor hay un simple roce.
Entre Johnny y Gilda había algo más.
Entre ellos había un todo.
 
 
«Si yo fuera un rancho me llamarían Tierra de nadie».
Gilda pertenecía teóricamente a su marido, pero en realidad era mujer propiedad de nadie. Ni siquiera de sí misma.
Una madrugada, mientras Johnny dormía en el despacho del casino, se despertó repentinamente escuchando la escena por excelencia de la película.

Gilda tocaba con sensualidad las cuerdas de la guitarra mientras cantaba con su maravillosa voz «Put the blame on Mame».

 

En realidad lo hizo para que la llevara de vuelta a casa tras una noche de juerga. Era su venganza hacia él. Si tenía que estar vigilada, lo haría. Pero a su manera.
«Yo también te odio. Te odio de tal modo que creo que voy a morir… Cariño».
 
Y es ahí, en ese preciso instante en el que Gilda y Johnny se funden en un apasionado beso. Un beso que habíamos esperado durante toda la película. Un beso que se hacía de rogar.

Ballin ve aquello, por lo que se va inmediatamente de allí y termina muriendo en un accidente de avioneta, por lo que Gilda y Johnny no tardan en casarse.

Gilda es realmente feliz por primera vez en toda su vida, junto con el hombre al que ama, pero Johnny no deja de pensar en los antiguos amantes de su nueva mujer y quiere vengarse de ella poniendo un gran cuadro de Ballin en el salón, cosa que Gilda no puede soportar.

Johnny pretende mantener a Gilda dentro de una jaula de oro, cosa que ella no permite y termine huyendo a Montevideo.

 

Allí conoce a un abogado que le lleva la demanda de divorcio y ella, pensando que es uno más de sus muchos pretendientes, le canta y baila sensualmente, como sólo Gilda sabe hacer, «Amado mío», otra de las grandes escenas de esta película.
Pero ese abogado no es quien ella cree, sino que era un compinche de Johnny.
Gilda se siente insultada, rechazada, burlada… No cree que a ella le pueda estar sucediendo algo así.

Como venganza, hace el famoso espectáculo del baile con el striptease más corto de la historia del cine, ya que sólo llega a quitarse el famoso guante.

 

Gilda vuelve a deleitarnos con su «Put the blame on Mame», mientras todos los espectadores la desnudan mentalmente.
Después, llega el famoso bofetón.
«Las cosas malas terminan en soledad, chiquilla».
El casino termina cerrado y solo.
Casi tan solo como Gilda.
Es ahí cuando aparece Johnny y le pide perdón, pero repentinamente Ballin vuelve y amenazando con su bastón, a punto de asesinar al que fue su mano derecha, muere a manos de Pío.
La película finaliza con Mauricio, un policía demasiado sensible capaz de distraerse con una simple novela de amor, dejando marchar a la pareja a América para que reinicien su vida.
Gilda, la película que hizo famosa a la mujer pelirroja por excelencia.
Rita decía que los hombres que estaban con ella se sentían siempre decepcionados, ya que ellos se acostaban con Gilda y se despertaban con ella.
Una película cargada con toques homoeróticos que podemos ver en frases como: «estaba perdido y él me salvó» y en detalles que quizás podrían pasar desapercibidos si no fuera porque han sido buscados.
Gilda, junto con otros grandes clásicos de los años 40, es una película que no deja indiferente a nadie.

Una mezcla de sentimientos que a todos nos remueve por dentro cuando la vemos.

«Gilda es la mezcla más curiosa de amor y odio que he tenido el privilegio de contemplar».

 

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