No hay noche más vacía y solitaria que una noche de tormenta.

En el cenicero hay un cigarrillo que se está consumiendo sólo, y en la mesilla un libro que comenzó a leerse y ya se ha perdido hasta la página por la que nos quedamos.

La vida se nos consume sola, y llega un momento que no sabemos por qué episodio de esta vamos.

No hay noche más vacía y solitaria que una noche de tormenta.

Noches de soledad, de vacío, de faltas…

Noches pasadas por agua.

Y es ese agua de lluvia el que se lleva nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestra felicidad.

Noches de lluvia, en soledad, con un cigarrillo a medio consumir y un alma vacía, sin nada que le espere.

Un alma completamente descompuesta, sin saber qué le deparará la noche.

Un alma arrancada de un cuerpo.

Un alma que se refleja en una mirada vacía, una mirada de tristeza que ya no sabe qué esperar ni de un cigarrillo que termina de consumirse a cada segundo.

Una habitación vacía, pero llena de susurros y cargada de palabras que no llegaron a pronunciarse.

Una noche de tormenta en la calle…

Y tormenta en el alma.

 

 

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