El quimérico museo de formas inconstantes

Sentimos muy poco y pensamos demasiado.

Palabras que se quedan en el tintero y que tendríamos que pronunciar.

Palabras que se quedan cortas, letras que nunca llenarán el vacío que dejas.

Muchas veces escribimos palabras que sentimos porque es la única forma que tenemos de expresarnos.

Lloramos a través de nuestros dedos, como si cada letra fuera una lágrima y un dolor que desgarra nuestro corazón.

Cada punto y a parte en realidad es un punto y seguido.

Es una coma.

En ocasiones inventamos palabras que hacen que se llene nuestra alma.

Pero en realidad, tú vuelves en cada frase, en cada palabra, en cada letra…

Vuelves incluso en cada punto y final.

Porque nunca es un punto y final, siempre es un espacio en blanco que no sabemos cómo rellenar.

Espacios en blanco que son como miradas.

Pero miradas de las que enamoran, no miradas vacías o miradas de las que matan.

Miradas que dicen «quédate» o miradas que expresan palabras que nunca llegaste a decirme.

Cuesta menos escribir desde el dolor por las palabras vacías, pero cada letra lleva consigo una lágrima que se desplaza por cada uno de mis dedos.

Resurgimiento de antiguas creencias.

Resurgimiento de antiguos sentimientos.

Antiguos dolores, antiguas sonrisas, antiguas caricias que llenan mi alma.

Si sabes que me tienes, tan sólo debes coger mi mano y arrancar de una vez.

 

«Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».
 
 
Somos como somos, a pesar de que creamos ser de una manera diferente. Con nuestros aspectos positivos y nuestros aspectos negativos. Pero somos nosotros.
«Salta del tejado y aplasta mis flores, estaré contigo cada vez que te acerques a lo que eres. Seas lo que seas».
 
Porque seas lo que seas, ahí estaré yo.

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